Vidas truncadas: sentimientos que afloran

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Lorena Añón LoureiroQueridas personas lectoras, compañeros y compañeras, mi nombre es Lorena, y quiero compartir con vosotros y vosotras una de las experiencias profesionales más angustiosas que he vivido.

Antes de comenzar la exposición del relato quisiera comentaros que he experimentado  lo que otros compañeros y compañeras han relatado en este espacio “En Primera Persona”, y es que me ha costado rememorar el suceso. De hecho, antes de iniciar su escritura, he tenido que ir a la hemeroteca para refrescar la mente y recordar lo vivido en aquellos días, pero os diré, que sé que hay aspectos que no puedo transmitir de la misma manera que  si lo hubiera escrito hace aproximadamente 6 años. Esto me hizo pensar y preguntarme ¿por qué no puedo recordarlo todo?, ¿cómo no puedo acordarme de sus nombres, si durante los primeros años, cada vez que me iba a la cama tenía un recuerdo para vosotros y vosotras, para vuestras familias?

Después de esta fase, he pasado a la reflexión y me he dado cuenta, de que este olvido era necesario, que fue motivado, que me sirvió para protegerme y superar el acontecimiento estresante, permitiéndome escribir ahora  desde un entorno seguro, que me ayuda a reintegrar de nuevo lo sucedido. Como dice Abdourahman A. Waberi “la memoria sirve para ocultar el tiempo de antaño, olvidar la herida demasiado viva, estorbándola con recuerdos que tergiversan el orden inicial de los acontecimientos”.

Entiendo, que no es tan importante contar lo que exactamente sucedió, sino situar el recuerdo, las emociones, los sentimientos, que afloraban en aquel momento, y que aún me sobrecogen al recordarlos.

Por aquel entonces, desempeñaba mis funciones, como Trabajadora Social en una Mutua de Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales.

Mis inicios ya de por sí fueron complicados, fundamentalmente porque había un gran desconocimiento por parte del resto del personal de las funciones y aportaciones que los y las trabajadoras sociales podíamos hacer a las mutuas, a pesar de que ya había muchas compañeros y compañeras que desempeñaban su profesión en este ámbito.

En este contexto, donde todavía me estaba haciendo un hueco, donde casi todo para mí era novedoso, donde apenas había realizado intervenciones, sucede algo que jamás me hubiera imaginado.

En Galicia, en un día especialmente nuboso, nos despertamos con la triste noticia:Banderas a media asta y luto en la ciudad por la trágica pérdida de cuatro de sus vecinos en accidente laboral. Algunos medios escribían en sus primeras páginas “TODOS PERECIERON, tres de los cuatro trabajadores muertos intentaron salvar a su compañero”.

La tragedia había azotado tierras gallegas, el accidente laboral más grave de ese año se había cobrado la vida de cuatro personas. Tres de ellas, lo hicieron al intentar salvar al compañero que había fallecido por inhalación de humo, debido a un incendio en su lugar de trabajo. Uno de los compañeros que estaba presente, pudo salir del habitáculo y avisar a otros dos compañeros que se encontraban en un compartimento contiguo, que también fallecieron cuando intentaban ayudarlo. El trabajador, que presenció los hechos, sufrió un ataque de nervios, mientras que el resto de trabajadores se disponían a avisar a los servicios de emergencia.

Tengo un vago recuerdo, por lo que no sé si fue leyéndolo en la prensa o escuchándolo en la radio, pero sé que se me pasó por la mente si estas personas pertenecerían a la mutua en el que desempeñaba mis servicios como profesional liberal. Ya desde aquel momento me asaltaron los primeros sentimientos, frente a la posibilidad de tener que actuar, mi mente ya se protegía diciendo “no creo”, “no es posible”.

Efectivamente mi pensamiento no estaba equivocado, pocas horas más tarde, la llamada de la coordinadora de la mutua me hizo ver que mis presagios eran ciertos y que debía ponerme en contacto con cada una de las familias y con los trabajadores que habían presenciado los hechos que, afortunadamente, se habían salvado.

Me habían trasmitido que esto podía suceder, que mi trabajo dentro de la mutua era intervenir con personas graves, con sus familias y, con las familias de las personas fallecidas. Sabía que era un trabajo duro, pero sólo cuando lo experimenté, fui capaz de ver su magnitud, las implicaciones personales y profesionales, las respuestas de los medios, de las familias, de las empresas.

Todavía al recordarlo siento la agitación por lo sucedido, los silencios, el viaje hacia sus casas, cuando levanté el teléfono, etc.

En el primer momento, me afloraron múltiples emociones y pensamientos: ¿qué puedo yo hacer?, ¿cómo me acogerán?, ¿por dónde empiezo? El miedo y la inseguridad fueron los sentimientos predominantes en aquel instante.

Tenía dos labores fundamentales y lo sabía: ofrecer asesoramiento y los servicios de apoyo de la mutua para estos casos (apoyo psicológico, ayudas sociales…), y solicitar la documentación establecida por protocolo. La primera de las tareas no me generaba tanta ansiedad, pero la segunda sí, no paraba de preguntarme: ¿cómo iba a hacer para pedir el certificado de defunción en estos momentos?, ¿cómo me iban a recibir al llamarles desde la mutua? Sentimientos personales y profesionales se encontraban y chocaban los unos con los otros.

Lo recuerdo cómo un momento de gran intensidad, mi corazón latía a mil, los pensamientos y sentimientos afloraban a gran velocidad, las simulaciones de cada contacto y entrevista fueron numerosas.

Aunque me cause cierta incomodidad contarlo, debo reconocer, que cuando cogía el teléfono y me disponía a llamar me temblaba todo, y en cierta medida, mi cuerpo descansaba cuando al otro lado no obtenía respuesta.

Tenía que llamar a tres familias y a algunas de las personas que presenciaron los hechos, y pensaba que lo más difícil sería el primer contacto telefónico, pero me equivocaba.

En la primera llamada me cogió un familiar directo que me atendió con gran amabilidad, y al explicarme la situación personal y familiar el corazón se me sobrecogió de nuevo. Una familia rota, una paternidad reciente, en definitiva, unas vidas truncadas.

La segunda llamada la hice con el mismo grado de nerviosismo, de angustia, y de tristeza; porque nada de lo que yo les pudiera ofrecer podía devolverles a las personas queridas. Los sentimientos de frustración y de impotencia fueron a más. Recuerdo la voz de aquella mujer, que me atendió como jamás hubiera pensado, con amabilidad, con dulzura, con serenidad, aunque intuía que aquella madre de familia, la procesión la llevaba por dentro, como decimos en tierras gallegas.

Tengo que reconocer que fue ella la que me ayudó, inconscientemente, a mí en aquel momento. Increíble, aquella mujer con dos hijas en plena adolescencia, me estaba ayudando a ayudarle. La recuerdo con mucha ternura, me acogió en su casa, en su salón, y a pesar del intenso silencio, de las fotos y de las miradas de sus hijas que me sobrecogían; su voz y su conversación me hicieron sentir calma, porque en cierta medida mis miedos se fueron diluyendo. Algo me dijo que sólo con aquella conversación ya estaba haciendo algo por ellas. Aprendí en aquel momento, que escuchar, estar ahí y ofrecer la información necesaria era de gran ayuda para aquellas personas.

Mi tercera llamada y encuentro no fue menos angustioso, me cogió su hermana, y me relató brevemente su historia: las ilusiones de su hermano, sus inicios en ese trabajo, sus proyectos, unos padres destrozados. Ella me transmitió en todas y cada una de sus palabras, el dolor en su estado puro, derivado de ese accidente laboral desafortunado que ocurre sin previo aviso y que truncaba la vida de todas y cada una de las familias. Nuevamente interioricé algo que ya había aprendido; la necesidad de adaptarse a cada familia y a cada persona, a sus ritmos, a sus decisiones, porque aunque hay elementos comunes, cada persona, cada familia, responde de diferente manera.

La llamada a las personas que había vivido todos los hechos y que se habían salvado fueron tremendamente intensas y la culpabilidad estaba presente en todo el discurso. Recuerdo como uno de ellos me relataba el suceso, sus palabras denotaban sentimientos de impotencia, de rabia; sus frases se entrecortaban dejando paso al llanto, apenas podía pronunciar palabra. Una vez más supe que escuchar y prestar apoyo en ese momento era fundamental.

Tiempo después pude intuir que mi intervención les había ayudado de alguna manera, porque posteriormente se pusieron en contacto conmigo, para demandar algunos de los servicios que la mutua les había ofrecido. Según me relataron, darles mi tarjeta y entregar información en soporte papel les había sido de gran ayuda, debido a que en aquellos momentos no eran conscientes de toda la información que se les daba.

Ante sus vidas truncadas mis sentimientos afloran. La impotencia, la inseguridad, la frustración, la tristeza, el dolor, la angustia, la indefensión para proporcionar ayuda fáctica…, se adueñaron de mí y me dejaron una gran huella, personal y profesional.

Durante ese año y el siguiente, cada noche antes de irme a dormir, tenía un momento de recuerdo para las personas fallecidas y para sus familias. Pronunciaba sus nombres mentalmente y pedía por ellos y ellas.

Poco después el miedo a la muerte se adueño de mí, tenía pensamientos recurrentes relacionados con perder a un ser querido; a mi madre, a mi pareja, incluso a mi propia muerte. Recuerdo como por aquel entonces decidí escribir a las personas que quería por si me moría. Lo hice por algunas conversaciones que había tenido con los y las familiares de las personas fallecidas, que me comentaban todas las cosas que les habían quedado por decir.

En ocasiones mientras realizaba alguna actividad de ocio, o cuando estaba disfrutando de alguna tarea, recuerdo como sus nombres, como las caras de sus familiares se me venían a la mente.

Pude vencer estos miedos, gracias a la lectura de libros de duelo, o a obras como “La Muerte un Amanecer” de Elizabeth Kübler-Ross. El paso del tiempo y otras experiencias profesionales similares me ayudaron también en el proceso. Además constaté en mi propia piel que es fundamental contar con formación específica y continuada en intervención en situaciones de emergencia y catástrofes, que nos habiliten con el máximo rigor y profesionalidad, tanto para la intervención como para el autocuidado.

Hoy una vez más me afloran los sentimientos de recuerdo por sus vidas truncadas, por ello quiero dedicar este relato a las familias, y a los y las profesionales que se vieron afectados y afectadas por este tragedia y por otras similares.

Nota: los datos del suceso han sido modificados para respetar la confidencialidad de las familias.


Lorena Añón Loureiro

Trabajadora Social. Colegiada nº 1869

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