Viviendo en el éxodo de Lesbos

Foto: Pablo Simón Lorda

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Fueron las miradas de los niños y niñas refugiados apelotonados bajo la lluvia en la frontera de Hungría este pasado mes de Octubre las que me obligaron a ir. El mundo de la injusticia y de la violación de los derechos humanos no me es desconocido puesto que soy activista de la organización Amnistía Internacional, pero lo cierto es que el motivo final de mi partida fue algo tan simple como eso, tan emocional y tan racional a un tiempo. Imagino que, como todos, habíamos ido viendo cómo a lo largo del verano el drama iba desplegando in crescendo sus actos. Pero en el mes de Octubre la representación mediática, bajo cuyo velo se intuía una realidad terrible, llegó a un clímax que yo ya no pude aguantar. Así que le pregunté a mi esposa…, “¿puedo irme?”…  Lo que viene a continuación no es más que un pequeño relato de lo que sucedió después como consecuencia de su respuesta.

Buscando ofertas por Internet, pronto apareció un llamamiento de Médicos del Mundo España que se ajustaba a mi perfil: médico de familia con experiencia en urgencias-emergencias y buen nivel de inglés. Pedían también experiencia en cooperación, que yo no tenía, pero al final eso no fue un problema. Pasé por un proceso rápido de selección, el Servicio Andaluz de Salud me concedió un permiso remunerado de 6 semanas…, y el 15 de Noviembre salí, primero a Madrid, luego a Atenas y…, finalmente, a la Isla de Lesbos. Viajamos a Lesbos un equipo de 7 personas: 2 pediatras, 2 enfermeras, 2 traductores de árabe y yo mismo. Además otro compañero médico fue enviado a la Isla de Chíos.

Foto: Pablo Simón Lorda

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Esta misión de Médicos de Mundo España tiene la peculiaridad de que no es propia, sino que es una misión de apoyo al trabajo de Médicos del Mundo Grecia que, por un convenio con el gobierno griego, tiene la responsabilidad de la atención sanitaria de las personas refugiadas dentro de los puntos de registro de los campos de registro de Lesbos. Así pues, nos integramos en el equipo griego, un equipo que lleva haciendo atención a los refugiados desde hace por lo menos 3 años y, muy especialmente, durante la gran crisis que se desató en la primavera de 2015. Ellos han vivido momentos muy duros, de mucha soledad, durante las grandes oleadas de refugiados sirios que comenzaron a llegar en esa época.

En la Isla de Lesbos trabajamos en 2 puntos: el campo de Moria y el campo de Kara Tepe. Ambos distan unos 8-10 Km. de la capital de la isla, Mytilini, y son campos de acogida e inscripción de refugiados. Yo trabajé básicamente en el primero, que es el más grande y donde llegan todo tipo de refugiados: adultos, jóvenes, familias, de todas las nacionalidades que ahora mismo están “exportando” refugiados: Siria, Afganistán, Irak, Pakistán, Eritrea… El campo de Kara Tepe es mucho más pequeño y está destinado a familias sirias con niños. Las necesidades allí son básicamente pediátricas.

Foto: Pablo Simón Lorda

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El proceso general de una familia de refugiados es el siguiente. Llegan en botes inflables desde la costa turca fletados por las mafias turcas, al norte de la isla que es el punto más cercano, pero ahora también en la parte sur de la costa este, cerca de Mitilini. En el norte trabajan como socorristas y rescatadores los compañeros de la organización catalana Proactiva, y en el sur los de la sevilllana Proemaid. Este viaje es terrorífico y peligrosísimo: algunos de ellos, los afganos por ejemplo, jamás han visto de cerca el mar… y menos de noche, que es cuando cruzan muchos botes. Allí, en lo que llamamos el front-line, los esperan voluntarios de varios ONGs que las hacen la primera acogida y los acompañan a los autobuses de ACNUR, donde se son trasladados hasta Moria. Desde el norte, unos 60 Km. y desde el sur, unos 10 Km. Pero si los autobuses fallan, entonces, lo hacen andando….

A un afgano, viajar de su país hasta Lesbos le cuesta entre 4.000 y 5.000 dólares, que paga a la mafia correspondiente. Un puesto en un bote con “derecho a chaleco” puede costar casi 1.000 euros por persona, aunque los precios fluctúan mucho. Por ejemplo, si el mar está muy mal, entonces los precios bajan y es cuando cruzan los más pobres arriesgando de forma extrema sus vidas. Todos hablan muy mal del trato que reciben al cruzar Turquía, donde son tratados por la policía y los funcionarios con mucho desprecio.

Foto: Pablo Simón Lorda

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Al llegar a Moria inician su proceso de registro. Este proceso lo lleva a cabo FRONTEX, la organización europea que se encarga del control de las fronteras externas de la Unión Europea (UE). Los equipos de FRONTEX están integrados básicamente por policías de los diferentes países de la Unión (los españoles eran policías nacionales o guardias civiles). Si son reconocidos como refugiados obtienen una especie de visa -que está escrita en griego y sólo en griego- , que en teoría les da derecho a circular por las fronteras internas de la UE y solicitar asilo. El problema es que, como puede verse por los medios de comunicación, cada país está aplicando sus propios criterios de “apertura o cierre” de fronteras, con lo que, aunque este papel sea muy importante, no les garantiza totalmente la circulación. Hay que tener en cuenta además que los refugiados tienen que pasar luego por países que no pertenecen a la UE, como parte de los países balcánicos. En cualquier caso está claro que el primer “gran regulador” de este flujo es Turquía, que utiliza a los refugiados en el proceso de negociación con la UE, que además ha sido incapaz de articular una respuesta adecuada y coordinada -cosa por otra parte habitual en la UE cuando no se trata de hacer negocios-.

El proceso de obtención de este registro puede durar entre unos minutos y 48 horas, todo depende del número de botes que lleguen. En los días punta han llegado a pasar y registrarse por Moria hasta 4.000 personas al día. Con frecuencia hay largas colas durante todo el día y parte de la noche. Si llegan de madrugada o si tienen que esperar varios días, se alojan en el campo, en los barracones de ACNUR o en unas tiendas que reparte esta organización o si no…, al aire libre si no hay sitio. Duermen donde pueden y como pueden, en general en unas condiciones muy, muy precarias. En cuanto consiguen el papel salen hacia Mytilini en buses –de ACNUR o las ONGs, o desde el Campo de Kara Tepe, en el bus interurbano-, o, si es muy de noche –el proceso de registro se mantiene abierto hasta las 2 de la mañana- en taxis. En Mytilini tienen que comprar el ticket de ferry para seguir su viaje a Atenas o Kavala y desde ahí a la frontera con Macedonia….para intentar pasar y seguir el viaje hasta la gran Meca de todos: Alemania.

Foto: Pablo Simón Lorda

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El campo de Moria es una antigua cárcel, lo que le da un aire bastante siniestro. Hay concertinas, alambradas y mucha, mucha policía. Un cierto aire de violencia se respira en el ambiente que emana de las instalaciones, lo que contrasta con la realidad de los refugiados, que son mayoritariamente familias con muchos niños pequeños y ancianos. Se trata, además, sobre todo en el caso de los sirios, de familias de clase media o media-alta, que son las que tienen recursos suficientes para pagar a las mafias. Muchos son profesionales liberales: médicos, profesores universitarios, abogados, periodistas, funcionarios…, etc. y muchos hablan perfectamente inglés. Los sirios pobres se quedan en su país o salen hacia Líbano o Jordania, que son quienes los acogen. Los demás países árabes ricos -Arabia Saudí, los emiratos- e Israel se niegan a acoger refugiados sirios.

Para la administración griega lo prioritario es el proceso burocrático del registro de los refugiados. Las cuestiones humanitarias (ropa seca, comida, agua potable, atención sanitaria, lugar para dormir) parecen ser una cuestión más secundaria. Por eso, aunque entre todas las ONGs tratan en lo posible de hacer el Campo de Moria lo más acogedor posible, la verdad es que no es fácil: la precariedad, el desorden y la falta de implicación de las autoridades griegas están a la orden de día. Esto es algo que sorprende mucho, pues se está en un país europeo, pobre y castigado por las políticas antisociales de la UE, cierto, pero país europeo al fin y al cabo.

Foto: Pablo Simón Lorda

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Mi trabajo en Moria consistió en algo no muy diferente a lo que hago cada día, una consulta de medicina de familia, aunque con una peculiaridad importante: el contacto era único, sólo veía al paciente una vez y por tanto en un solo acto clínico había que tratar de solucionar su problema pensando en que todavía tenía por delante un durísimo viaje de miles de kilómetros hasta Alemania. La atención se hacía en árabe -con nuestros traductores- o en inglés. Yo trabajé sobre todo en horario de tarde, de 4 de la tarde a 11 de la noche. Hacíamos también el turno del sábado, de 9 a 17h, para que los compañeros griegos descansaran el fin de semana completo. Pero estábamos a disposición de las necesidades de la gente y a veces hacíamos dos turnos completos o lo que fuera.

La patología que vimos es, en término clínicos, banal: infecciones respiratorias y osteomusculares básicamente, producto del largo viaje y de la mojadura del cruce del mar en el bote. También vimos enfermos crónicos sin medicación, porque tuvieron que salir de su país sin ella o porque las mafias se la tiraron al mar con sus cosas para bajar el peso del bote. Y también vimos algunas personas con secuelas de explosiones de bombas, misiles o minas, personas que habían sufrido tortura… y algunas congelaciones. Pero lo más importante, lo crucial, era atender la desesperación, la tristeza… y el hambre y frío. Así pues, escuchar, sostener, aliviar, mimar, se convirtió en realidad en las intervenciones clínicas más importantes que hacíamos y en las que la mediación de nuestros traductores se convertía en esencial. Escuchabas historias terribles. Y luego, ropa seca y comida, sobre todo para los niños, que eran siempre nuestra obsesión, junto con las mujeres, especialmente si están embarazadas.

Regresé a España el 30 de diciembre de 2015…, pero desde luego si puedo, volveré este año 2016. De todas formas, aunque es importante ir allí, la gran lucha, el gran reto está aquí. Se trata de hacer contrainformación para bloquear el discurso oficial de los gobiernos europeos, incluido el español, que para proteger los intereses de los europeos ricos, trata de convertir a los refugiados en una invasión de integristas, violadores y oportunistas. Pero los refugiados no son nada de eso. Son más bien eso, refugiados y por tanto está protegidos por el Derecho Internacional que todos los ciudadanos estamos moral y legalmente obligados a respetar. Transmitir esto a la población española es tan importante como ir a Lesbos, si puedes.

Pablo Simón Lorda

Pablo Simón Lorda

Médico de Familia.
Chauchina - UGC Santa Fe. Servicio Andaluz de Salud. Granada, España.
Pablo Simón Lorda

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